Por su lado, María se encuentra sentada frente al único aparato lujoso que tienen en la habitación. El televisor está encendido. Ella lo mira y sonríe. Su sonrisa es triste, asemejándose mucho más a una mueca de dolor que a un gesto de alegría.
"¿Qué pasa?", pregunta Alicia. María, con el tono de voz bajo que siempre la caracterizó, le comenta la protesta que unos cuantos chicos están realizando ahora mismo frente al obelisco de la ciudad. Lo están haciendo porque en Tucumán decidieron suspender el recital que pensaba ofrecer la banda Callejeros.
"Esa banda, ¿te acordás?”, le dice. "Esa que quería ir a ver el Juan y después no pudo porque había que apurar el trabajo en el taller y por más que lo pidió, los patrones no lo dejaban mover de las máquinas"
Desde el noticiero se continúa hablando del desastre de Cromañón.
"Qué desastre fue, ¿no? Cuántos chicos murieron esa vez. Mirá si hasta el Papa habló del dolor por la tragedia y los bendijo. Los presidentes de varios países, apoyaron también a la gente por aquél accidente. Lo hicieron todos y eso que están lejos de aquí."
Alicia se detiene. Parece suspendida en el vacío, hasta que de pronto comienza a temblar. Afuera y adentro hace frío, pero no es eso lo que ocurre. Alicia tiembla porque no sabe qué decir.
Mientras tanto, María con la mirada hacia abajo, continúa: "Mirá si habrá sido importante el accidente que hasta se decretó duelo nacional por tres días. ¡Duelo nacional por tres días en memoria de las víctimas, se decretó!. Hasta se prohibieron los bailes; los bailes y los espectáculos musicales; hasta los recitales se prohibieron." María no puede callar. "¡Y todo lo que pasó después, comenta, hasta el jefe del Gobierno cayó.!"
Hubo un tenso silencio que nuevamente rompió María. "Mirá si a pesar de que pasó en la noche del 30 al 31 de diciembre de 2004, todavía aparece algo sobre la tragedia en las tapas de los diarios, en los noticieros o en las radios."
"¿Malos días los 30, no?” continua tristemente María, “ Fijate que también fue 30, pero de marzo, ahorita nomás, cuando se prendió fuego el taller donde trabajaba el Juan."
Otra vez el silencio lastimaba atravesando el alma de las dos mujeres.
"Mi Juan, mi hijito, tenía solo quince, y pensar que vino con nosotras tan chiquito desde Bolivia para poder juntar plata y mandarla a la familia. Trabajaba tanto… si hasta se quedaba dormido abrazado a la máquina y después compartía la poca comida que le daban. Juancito, que de tan quemado no pude reconocerlo." De pronto María calla, ya no puede hablar.
Alicia mira a los ojos a María. No hay palabras para consolar tanto dolor. Desde el televisor se escuchan las noticias del día que un periodista detalla minuciosamente, pero aunque María y Alicia permanecen atentas, no escucharon nada que recuerde el incendio del taller en el barrio de Caballito. Nadie habla de esas seis vidas que el fuego se llevó, todos bolivianos indocumentados.
En la pared de la humilde habitación, cuelgan de un clavo las zapatillas nuevas que le habían comprado a Juan y que él nunca pudo estrenar; al igual que en el altar popular erigido en el barrio de Once, donde varios pares de zapatillas penden de diferentes sitios. Todas merecen el mismo respeto, tienen el mismo valor, todas parecen hablar de los mismos derechos.
Alicia se acerca, y ambas mujeres se abrazan largamente sin que medie palabra; saben que para ellas ya nada será como antes, porque tienen la certeza de que nadie llorara las muertes ocultas.
María Rosa Vara